IR AL FORO

La cueva


Nos internábamos con cierto temor en la cueva. María era una experta en espeleología y tras su sonrisa, me incitaba a tener seguridad, aunque por supuesto, yo ni siquiera fuera consciente de saber a lo qué me enfrentaba.
Los resquicios de la cueva eran estrechos, y la oscuridad devoraba la luz con una avidez siniestra e inusitada. Eso me encogió el corazón; pero ella, sin ningún temor, y con las medidas de seguridad adecuadas y un casco con un círculo luminoso se perdió en la penumbra. Sin embargo, sabía a lo qué venía, y me propuse adecuarme para tan espinosa incursión.
Entre las sombras, y un espacio minúsculo, y con la linterna en el casco posado sobre mi cabeza, seguía la silueta bien definida de María. Ella, que sin ningún impedimento se deslizaba a través del piso como un áspid, daba alarde de su experiencia en las numerosas incursiones que había practicado. Yo, por el contrario, lo hacía de la mejor forma que sabía.
Arrastrándome por el piso como una babosa y siguiendo los pies de María, el aire me empezaba a faltar, y la grité advirtiéndola; pero me dijo que estuviera tranquilo, que más adelante había una gran abertura donde se respiraba aire fresco; y así podía ser, pues notaba una suave brisa en la lejanía. La sensación tan angustiosa me seguía acompañando; imagínense: aire viciado, escaso, y arrastrándome por un hueco que a duras penas me podía mover, y que, panzazo tras panzazo, amenazaba con quedarme encallado. Rodeado de penumbras, que de vez en cuando, borraba con mi halo de luz blanquecino.
El último tramo por el que vi salir a María me alegro el corazón; faltaba poco para llegar…
Llegué al extremo.
El tramo por el que María salió era grande; así lo pude determinar cuándo me acerqué. Ella estaba allí, de pie, dibujando una enorme sonrisa en su cara y de forma jocosa y socarrona a mi aparatosa salida.
Hice un par de aspavientos y salí cómo pude. El interior era enorme, con un pequeño lago, y una abertura en su cúspide que me recordó a la forma de un volcán. Se lo dije a María, y ésta se rió de forma descarada. Me dijo que había estado allí varias veces, y que era un agujero debido al cambio de los materiales sedimentarios de la roca, propiciado por la erosión de los elementos, sobre todo del agua.
Eso me tranquilizó. Y la azulada agua, y el viento más oxigenado apaciguaron mi ser.
Por un momento disfrute del lugar, y fue un momento, pues al mirar hacia arriba, cercano al agujero que vomitaba una luz negruzca como la noche que se formaba en el exterior, vi cientos de murciélagos, quizás, miles…
De un salto me agarré a María. Y de una forma desinteresada me dijo, que no me preocupara, que era normal que habitaran murciélagos allí, puesto que era su hábitat, y de momento, eran inofensivos para nosotros. La reproché su imprudencia, y la dije que por qué habíamos ido allí, que cuál era el objetivo; y con cierta tranquilidad me dijo, que la zona realmente bella y digna de contemplar, se encontraba debajo de las aguas. Yo era un apasionado del arte, como hobbie, pero apasionado en todas sus formas, y si había un paraje digno de ver, debía verlo a toda costa.
¿Pero cómo nos sumergiremos con el equipo? , la repliqué. Ella se limitó a decirme que ya lo había visto, que esperaría con el equipo fuera del agua, a que yo pudiera presagiar tan colosal espectáculo.
Después de decirla que me indicara las señas oportunas para llegar al sitio, me sumergí. Puede parecer una temeridad, pero no lo es. Estaba ya tan harto de estar allí, y lo había pasado tan mal, en tan breve, que quería ver si el esfuerzo había merecido la pena. Sólo me dijo una cosa, y que no lo hiciera por nada del mundo: mirar al techo…
Cuando lo dijo el vello se me erizó, y un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Acaso estaba en peligro? Ella se negó rotundamente a que así fuera, y sólo me dijo eso: para poder ver no debes mirar arriba, bajo ningún concepto…
Cuando lo dijo dude en si debía de zambullirme, ¿pero qué peligros podía haber…?, ¿murciélagos pequeños?
Me zambullí.
Sentía el agua mojándome todo el cuerpo. Llenándome de frío cada poro de mí ser. Y haciendo que pensara en lo que podía haber al otro lado. Las indicaciones fueron fáciles, pues nada más sumergirme, el trayecto era corto, demasiado… Como una fina cavidad venosa que comunica con otra estancia. El agua azulada, y repleta de sedimentos, me saludaba a en sus gélidos dominios.
Salí del agua, chorreando innumerables gotas a todos los lados.
Una luz tornasolada, de color azul, verde, y la mezcla aditiva entre ambos iluminaba el lugar, como una bombilla incandescente de un profundo y generoso voltaje. El espectáculo era digno de ver: paredes con pinturas rupestres, de un valor quizás incalculable; fauna y flora desconocidas, y estalagmitas que brotaban del suelo como las raíces del tiempo. ¡Qué lugar más bello! Pero la curiosidad me podía… ¿Por qué no mirar al techo? ¿Qué había allí que me podía poner en riesgo? Las sombras cubrían el techado, al menos es lo que pude ver desde el rabillo del ojo, de una forma muy fugaz.
Por un momento me sentí temerario al iniciar esta aventura, pero esa imagen en mis retinas me encandiló para siempre. Iba a darme la vuelta, para volver a zambullirme, cuando, una voz, me llamó.
-¡Por favor, por favor!, ¡ayúdeme!
Por un momento veo en mi mente las palabras de María saliendo de sus labios. Esas palabras oscuras, y recubiertas de cierto misterio, que estaban cargadas de advertencia y peligro.
-¡Me duele! ¡AYUDEME!
El sonido se hizo tan ensordecedor y rebotó de una forma tan agitada en las paredes de la caverna que me obligó a taparme los oídos. Pero; ¿qué habría allí arriba? ¿Quizás alguien que necesitara mi ayuda, alguien que estuviera en las peores condiciones posibles, y dejarle allí fuera una felonía de lo más horrible? ¿Corría peligro su vida?
Con el corazón en la mano y cerca de las aguas para una retirada abrupta, ¡miré!...
Pegué un respingo hacia atrás, lo que allí había no era humano y lo peor de todo es que caí en sus garras; en sus terribles y afiladas garras…
Su cuerpo, mitad murciélago, mitad humano me desconcertó, ¡qué clase de animal era ése!
-¡Sangre!, ¡sangre! Llevo tanto tiempo aquí encerrado que no me alimento desde hace semanas.
Y era cierto, los esqueletos de animales, de todos los tamaños, poblaban el suelo, como el peor de los catálogos posibles, haciendo que me imaginará las muertes escabrosas que debieron de sufrir.
Pero, ¿por qué no huir, ahora que estaba a tiempo? Al momento lo entendí, sus ojos, rojos como la sangre coagulada me hechizaron de alguna forma, y no podía moverme.
-¡Ahgg! La piel, la sedosa piel, me servirá para limpiarme los dientes, y tu carne me alimentará a mí, y a mi prole. Déjame romper la blanda carne entre mis manos, y que sienta la sangre fluir por mi boca y la de mis hambrientos pequeñines.
Estaba aterrado; y lo peor de todo, es que iba a morir de la peor forma posible; incluso, ahora que miraba con más detenimiento las paredes, podía ver cómo los hombres primitivos que se guarecieron en aquella gruta, probablemente hace miles de años, dibujaron el contorno maldito de esa bestia, y las ofrendas que la hacían de una forma litúrgica y aberrante. Aberrante, debido a que no sólo la ofrecían animales, sino también individuos de la misma tribu.
-¡Arghhh! Sí, todos murieron, eran idiotas, el hombre de hoy en día es más interesante, más difícil de cazar. El hombre primitivo me trató como un Dios, y me lo puso todo muy fácil, aunque por aquel entonces, ¡no tenía tanta hambre como ahora!
Mis ojos fabricaban lágrimas a toda máquina, y mi corazón latía desbocado; la sola imagen de ese ser devorándome vivo, y mis pedazos alimentando a cientos, o quizás a miles de pequeñas criaturas me estremeció. Comencé a gritar: ¡Socorroooo!
Maldita María, ¿por qué me habrá dejado venir, si este lugar albergaba este peligro?
Por un momento reflexioné: Sí sólo había una criatura, ¿cómo había podido gestar semejante prole? ¿Era hermafrodita?
Al momento, algo sinuoso y de un contorno negro en el fondo del agua emergió; era María.
-¡María! Por Dios, ¡sálvame!
Volvió a sonreír, y su cuerpo se transformó en otro ser de esa calaña: era la hembra de esa bestia alada.
Te avisé. Y es lo más divertido de todo esto, que vuestra curiosidad será vuestra perdición. Y con una de sus manos, más bien una zarpa potentísima, me arrancó un ojo bajo infinito dolor.
-¡La comida está servida!- dijo masticando el bermejo ojo.
Y sin más, lo peor de todo ocurrió, me desgarraron la carne a jirones, y sentí como era consumido vivo. El último recuerdo que mantuve antes de morir del todo, que ni siquiera me dolió fue este:
Ambos, con las manos ensangrentadas y el cuerpo con restos de mis vísceras y órganos en sus manos, dijeron: ¡Venga pequeñines míos, a comer!, y después, mi ojo vio como mi cuerpo se precipitaba contra miles de minúsculas bocas, junto a la cuenca vacía en la cual rebotaba el nervio óptico. Las criaturas, con sus ojos sanguinolentos, y sus desquiciadas intenciones: voraces de sangre y carne humana, chillaban formando un arrullo de lo más demoniaco.
Hice un viaje para venir a las entrañas de una cueva, y la cueva que me disponía a visitar era la peor posible: las entrañas de esos seres llenos de furor de devorar la vida.

Firmado: Juan Herrón González.

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